La pasada semana todos los católicos tuvimos una gran noticia, pues desde la Santa Sede y con acuerdo del Arzobispo de Canterbury, lo que le da una especial significación, se ha creado una nueva figura jurídica en la Iglesia para Inglaterra y demás países donde la Comunión Anglicana tenga relevancia (Escocia, Irlanda del Norte, Estados Unidos, etc.). Esta figura tratará de ser el marco idóneo para aquellos anglicanos que deseen entrar en comunión plena con la Santa Iglesia Católica y el Santo Padre sin por ello perder la tradición (litúrgica, música, etc. ) que impregnaba a la Iglesia de Inglaterra. Esta nueva creación desde el Vaticano no es un acto irreflexivo ni beligerante; es una respuesta razonada y coordinada con la Iglesia de Inglaterra para atender a las miles de súplicas y ruegos que habían llegado a la Santa Sede de fieles, presbíteros y obispos anglicanos con el objeto de convertirse a la verdadera Iglesia. Este vuelco en la balanza no debería de sorprender a nadie que conozca un poco de la historia religiosa de Inglaterra en los últimos 200 años. Desde el Cardenal Newman hasta nuestros días se ha pasado de una situación de flagrante marginación del catolicismo, a una situación
en la que había montones de conversiones diarias del anglicanismo al catolicismo. Conversiones, por otro lado, bien entendibles debido a la deriva protestantizante que ha tenido la Iglesia de Inglaterra en los últimos años: sacerdocio femenino, ordenaciones a presbíteros y obispos que mantenían públicamente relaciones homosexuales, bendición de los matrimonios entre homosexuales.... entre muchos otros tipos de cambios que han terminado por abrir una brecha definitiva entre el sector protestante -low church- y el anglocatólico -high church- y causando que muchos de los fieles de este segundo sector hayan comenzado a dudar de sus convicciones anti-papistas. Puede resultar curiosa esta deriva que se está mencionando, más para cualquier católico las respuestas son obvias. La rama que se desprende del arbol terminará por secarse: y con una parte de la Iglesia que se desprende de su alma, esto no puede ser de otro modo, pues dejarán de recibir las gracias divinas y, con ello, todo beneficio que pudiesen tener.Podemos ver como al final la llamada del Señor prevalece sobre tantos y tantos prejuicios humanos, como tantas oraciones y ruegos comienzan a surtir efecto y como las predicciones de muchos se han visto al fin cumplidas. Ya en 1840-50 San Juan Bautista María Vianney, Cura de Ars, decía al Obispo de Birminham, que la que en su día fue "Isla de Santos" no tardaría demasiado en volverlo a ser; y parece obvio que no andaba desencaminado.









